Diga lo que diga la biología, para ellas la
categoría “mujer” resulta insuficiente. Feministas, sí; aunque no creen
que “la mujer” sea el único sujeto de esa herramienta política. Para las
jóvenes activistas decirse feministas es una entre otras maneras de
nombrarse y de nombrar lo que todavía no ha sido dicho con la voz
suficientemente alta. Por eso buscan recursos expresivos que pongan el
grito ahí donde sea capaz de generar desobediencia. Sobre su propio
cuerpo, en la calle, en las paredes o en escenarios, escriben con la
letra de su generación las nuevas políticas de género.
Una
nueva generación de mujeres quiere abrirse paso para hablar sobre el
feminismo y la pertinencia de llamarse e incluirse en el gran paraguas
del movimiento feminista. Eso dicen cuando son convocadas, coinciden en
“las ganas de hablar”, de ser visibles, de mostrar su trabajo y de
contar sus historias (a pesar de que la mayoría no pasa los treinta): de
cómo hijas de madres solteras supieron pescar en el aire esa necesidad
de aprender a estar solas, a no depender de nadie, a no soñar con
vestidos blancos o bocas siliconadas. Muchas se sienten afuera de
cualquier sostén teórico, otras lo rechazan abiertamente, pero todas
están inscriptas en una nueva era que prefiere desmarcarse de algunos
términos que fueron bandera en el pasado, ampliar las fronteras y
recibir nuevos nombres sobre sus cuerpos, identidades y sexualidades.
Todas insisten en la urgencia del aborto legal pero reconocen sentirse
afuera de esa lucha a nivel institucional, muchas hablan de una
militancia puertas adentro, con dichos y actos que hablan solos. Para
ellas la igualdad ya no es el horizonte sino la reivindicación del
placer, la apropiación del agravio y de un lenguaje propio que les
permita transmitir su descontento y transformarlo en hecho artístico,
por eso son más que feministas, ya que ponen en jaque la categoría de
mujer heterosexual que sirvió de base para la puesta en marcha del
movimiento.
Artistas, académicas, militantes o todo eso junto, aisladas en sus
estudios o bañadas en papelitos: salir a la calle ya es no símbolo de
resistencia, dicen, pero adhieren a causas comunes como fue el
matrimonio igualitario y como sería la despenalización del aborto. Todas
coinciden en que es difícil acceder a la militancia, y que muchas veces
las luchas cuerpo a cuerpo en grupos cerrados o chicos es lo que las
salva y las contiene. Incluso trabajar en solitario. La diversificación
es cada vez más acentuada y ellas no resisten, pero saben que las
alianzas están, muchas veces, en los lugares menos pensados.
Para Helena Pérez Bellas, 31 años, cantante y creadora de Los
Galgos, “ahora se vive como una especie de boomerang en donde el
feminismo cae desacreditado por no haber podido dar un paso más allá de
sus conquistas históricas. ¿Queremos ganar lo mismo que los hombres y
nada más? ¿O queremos modificar nuestro entorno para vivir cada vez
mejor? Ahí es donde nos frenamos, tener poder o dinero no alcanza, sobre
todo porque las conquistas parecer terminar masculinizando a la mujer o
pidiendo nada más el aborto legal. Creo que también pasa eso porque no
se termina de incluir a los hombres en el diálogo, cosa que creo
fundamental para conquistar no sólo el aborto legal, también relaciones
cotidianas que van desde el noviazgo a la amistad en donde las mujeres
se sientan cómodas y los hombres también”. Salir del molde, desmarcarse,
trabajar en la reprogramación que implica no claudicar ante el modelo
de mujer maternal, deseable, siempre puesta en la lupa, invitada a
participar en lugares de poder pero no a disfrutar de su cuerpo y su
sexualidad abiertamente, son constantes que aparecen en los discursos.
Construir relaciones más igualitarias en todas las direcciones, pero
sobre todo con las propias mujeres, una de las marcas que todas
reconocen como desafío pendiente. Para la militancia joven, el 8 de
marzo es una fecha presente pero también un día que no les pertenece,
que las excluye o no las interpela, algunas deciden participar igual
desde sus lugares y otras prefieren pasar de largo sin demasiada culpa.
EL PLACER DISIDENTE
MH es Militancia Homo, un dúo formado por Florencia Leone
(diseñadora, artista plástica, 32 años) y Soledad Maggioti (fotógrafa,
29 años), quienes construyeron un espacio de indumentaria independiente y
autogestivo de diseño propio, desde una idea simple pero desafiante a
la vez: luchar contra lo normativo, utilizando todas las formas y
combinaciones y poniéndolas en otro contexto, mezclando opuestos y
haciendo que todos esos valores sean cuestionados. Utilizan telas que
dan firmeza en textura y forma, y eligen tonos neutros para expresar una
cierta permanencia o equilibrio que subyace al cambio. Documentan
fotográficamente distintos cuerpos, una lectura sobre ellos e intentan
aportar desde el diseño una oposición a la masificación que respeta la
singularidad, el deseo y la multiplicidad de los procesos
identificatorios. Sobre su militancia, reivindican sus cuerpos
lesbianos, su necesidad de visibilizar y cuestionarse a ellas mismas, al
otro y a la construcción de nuevas formas de representación. Para ellas
trabajar solas o en grupos reducidos genera más fuerza, más
determinación, es una manera de concentrar las energías, pero también
reconocen la importancia del colectivo para ciertas conquistas, por eso
se identifican con Malas como las Arañas, la agrupación
lésbica-feminista de La Plata. El fusilamiento de la Pepa Gaitán en
Córdoba el 7 de marzo de 2010 para ellas marcó un quiebre y un comienzo.
“En esa lesbiana y con ese fallo nos estaban fusilando socialmente a
todas” dice Florencia. “Empezamos a pensar en cómo generalmente se nos
oculta, invisibiliza nuestra identidad de ‘lesbianas’, asimilándonos con
la identidad de ‘mujeres’. Adherimos a lo que dice la teórica Monique
Wittig, somos ‘fugitivas de nuestra clase de mujeres’. Muchas de
nosotras no nos sentimos mujeres, porque no nos interesa pensarnos desde
un binomio mujer-varón, en el cual la mujer siempre es objeto del deseo
de otro, con los mandatos culturales que eso implica: ser femenina, ser
heterosexual, ser dócil, ser pasiva. Aunque tampoco queremos ser varón,
porque socialmente se espera de ellos que sean fuertes, agresivos,
poderosos, ganadores, dueños de bienes y personas”, explican. Haciendo
eje en los dos años del fusilamiento de la Gaitán, para este 8 de marzo
tienen pensado llevar remeras con la inscripción “Ni mujer, ni varón:
lesbiana”, acompañada de una intervención con una escopeta gigante,
porque creen que cualquiera que se coloque en el lugar de invisibilizar
el lesbianismo la puede disparar. Del otro lado estará la cara de Gaitán
en una gigantografía, con siluetas de lesbianas y preguntas que
interpelen: “¿Te da inseguridad mi existencia?”. Desde chicas, las dos
crecieron en familias donde la imagen de la mujer/madre sola fue muy
fuerte, una mujer que sale de la predestinación. “Yo me pienso desde
primera instancia en ese feminismo desde chica, de las mujeres
empoderadas y la lucha del día a día en una sociedad machista. Mi
militancia va tomando su camino desde ahí. Nos sentimos identificadas y
compartimos con esa mujer que se sale de la norma, siendo lesbiana o no,
que se empodera para luchar, para expresarse libre y se construye a sí
misma. Nos consideramos en estado permanente de rebeldía para lograr el
estrangulamiento simbólico-social de una sociedad que queremos cambiar y
poder crear de muchas distintas formas la sociedad con las que soñamos,
junto a otras personas con las que compartimos el placer disidente”,
dicen.
Madres, abuelas, maestras, mujeres que sin declararse feministas
marcaron un camino es otra constante en el discurso de las
entrevistadas. Pérez Bellas problematiza esa relación, pero admite que
fue fundamental para ser quien es hoy, aun cuando su mamá jamás militó
políticamente ni le dijo que el feminismo fue la herramienta posible
para criarla sola. “Es algo de lo que no hablo, la ausencia de mi padre
en mi crianza, pero es algo que sucedió y hoy me da cierto orgullo
porque como toda hija mujer, encima única, con mi madre tuve y tengo
muchos choques. ¿Cómo hizo para criarme mientras se ocupaba de tantas
otras cosas? Creo que juntó valor y lo hizo, resignó tener otros hijos,
salió a trabajar y me llevó a trabajar con ella. Siempre me enseñó a
arreglármelas, nunca me alentó a aceptar plata de ningún hombre, me
ayudó a ahorrar y fundamentalmente me enseñó a estar sola. La única
connotación negativa de todo esto fue que siempre me imprimió
desconfianza ante las mujeres, cosa que no es particular de ella. No
asume ninguna praxis o definición política, pero sus acciones sí. Eso lo
volví a ver en mi militancia política que tuvo, y tiene, arraigo en la
educación popular: cientos de mujeres que llevan en la práctica la
política que otras resuelven en la UBA. Mujeres que sacan a patadas a
golpeadores de casas de otras mujeres o que colaboran frente al embarazo
adolescente o denuncian al violador. ¿Hay que forzarlas a definirse
como feministas? No, en todo caso hay que dar clases con perspectiva de
género, informar sobre el aborto con pastillas y estar ahí cuando surja
la chispa de la duda. Generar redes de confianza y amistad”.
Andrea Alvarez es baterista, cantante y compositora. Tocó con las
bandas más importantes (Soda Stereo, Divididos, Charly, entre otros), en
2001 empezó su carrera solista y ya tiene tres discos (el último es
Doble A). Declara que su experiencia en el universo del rock, tan
masculino y fálico, donde las mujeres tienen que hacerse lugar a los
codazos, aceleró una insatisfacción creadora. Nada en la escena musical
la motivaba y para no quejarse lo hizo ella misma. Se considera
feminista pero nunca militó en ninguna agrupación. Su militancia es la
música, y conocida es su poderosa imagen revoleando los palos de
percusión o batería, generando un sonido único, circulando entre
escenarios poblados de varones, inspirada en mujeres como Ruth
Underwood, baterista de Zappa, Karen Carpenter o su abuela Azucena, que
repetía como mantra “no nació el hombre que me levante la mano”. Dice
que la intelectualidad la aburre, porque es antisexy, antimusical. Se
vuelca a lo popular, “soy de Burzaco, crecí en calle de tierra y
escuelas del Estado. A veces es más militante feminista una mina con
poca educación pero que la pelea todos los días que una concheta que
estudió pero que no sabe lo que es luchar por algo realmente”, dice e
insiste en la dificultad de no caer en el estereotipo: “El mensaje que
se da desde los medios es tan fuerte que es muy difícil competir con
eso. Por un lado se las tironea a las chicas para que sean ellas mismas y
se comprometan con sus deseos y por el otro lado una mano mucho más
fuerte les taladra la cabeza diciéndoles que no son nada sin un novio al
lado, sin tetas, sin hijos, sin ser deseadas, sin ser flacas y miles de
etcéteras. El taladro es tan grande que entra sí o sí y hay que
laburarla mucho para convencerse”, dice.
Belén Romero Gunset tiene 28 años y es artista. Para ella, cuando
uno de los motores del hecho artístico es el descontento las voces
tienden a sumarse. “Y la calle, el diálogo, el debate, los proyectos
comienzan a nacer acompañados desde por un amigx hasta por una
comunidad.” Cuando trabaja está sola, pero reivindica el valor del
diálogo con el contexto. Entiende que esa soledad es una posibilidad de
la época, una realidad que hace 30 años estaba atravesada por la
prohibición y que habilitó, desde las horas en la clandestinidad o
bordeando la soledad de las luchas cuando las inician unxs pocxs, esta
dinámica en la que cada tribu despliega una subdivisión infinita. Nada
es bueno ni malo, es así, simplemente. “Como artista soy animada a
cuestionar definiciones, a ampliar los límites, a moverme guiada por mis
inquietudes, a fluir por la historia y el pensamiento contemporáneo”,
dice y describe el eje de su trabajo como una multivisión crítica del
mundo, donde el cuerpo está presente desde videoinstalaciones y
performances donde la piel contrasta con el cemento y es protagonista la
silueta de una mujer con consignas tatuadas. “En mis trabajos me
cuestiono la realidad como apariencia y en sí misma, en mis últimas
performances observo mi cuerpo educado y como producto del “sistema” y
me programo una autorreeducación”.
APROPIARSE DEL INSULTO
En enero del año pasado, un policía canadiense le dijo a un grupo de
estudiantes del Osgoode Hall Law School de Toronto que si las mujeres
querían que dejen de atacarlas sexualmente en el campus tenían que dejar
de vestirse como putas. El oficial Michael Sanguinetti y su compañero
de la División 31 de la policía local no sabían lo que se les venía
cuando soltaron el “consejito”: una réplica masiva de la Marcha de las
Putas que en un año ya se realizó en veinte países, incluida la
Argentina, y que promete seguir expandiéndose. En una operación de
apropiación del agravio con fines transformadores, las mujeres marcharon
vestidas tal cual Sanguinetti deslizó que mejor ya no lo hicieran. “No
means No” (“No significa No”), “Todas Putas” y “Me siento y soy puta”
fueron algunas de las leyendas que se vieron en los cuerpos y carteles.
Vic Sandrini, Pamela Querejeta Leiva, Nadia Ferrari, Verónica Lemi y
Flavia Baca Hubeid fueron las argentinas que convocaron a la marcha que
se hizo en agosto en Buenos Aires, Rosario y Mar del Plata, entre otras
ciudades, y que pretenden repetir en 2012. “Nuestro objetivo es hacernos
escuchar y demostrar que las mujeres no nos callamos, que tenemos una
voz propia y una opinión que no tiene por qué ser silenciada. Salir a la
calle es parte de eso”, dijo Nadia a este suplemento en ocasión de
aquella fecha y habló de apropiarse de una categoría, más allá de la
palabra que se enuncia como insulto para borrar la estigmatización y
avanzar sin dejar el placer en el closet. Paula Maffia, música de 28
años, dice: “Coincido en que la reivindicación ha sido uno de los
estandartes de todas las minorías desde siempre. Transformar el insulto
en un apelativo de la pequeña comunidad es algo que desde los niggers a
las putas, desde las locas, maricas y tortas a los villeros nos ha ido
fortaleciendo. Resignificar una palabra es fundamental para resignificar
nuestra realidad. Entiendo que ésta es la búsqueda del artista:
transformar en obra la desdicha, transformar en beso el grito,
transformar el sueño en realidad. Esto me lleva a una pequeña anécdota
de dudosa moraleja: me acuerdo la primera vez que trabajé en un grupo de
estudio feminista, hace cinco o seis años. Todas feministas old school.
Estaban preocupadísimas por buscar un discurso inclusivo y discutían si
era mejor la arroba o la equis o la letra e, que es tan amable como el
color verde en los bebés. Yo les pregunté qué pasaba con una consigna
como “el Hombre ha poblado la Tierra desde hace 500.000 años”. Siendo
estudiante de antropología, es algo que leo y repito muy seguido. Ellas
me dijeron que lo correcto sería decir “el hombre y la mujer” y yo les
dije “¿y qué hay de los intersexuales?”. Acto seguido me metí en
problemas y generé revuelo cuando les confesé que yo nunca me había
sentido excluida de la consigna “el hombre”. Mientras yo deseara
incluirme en el significado, el significante no me iba a poder dejar
afuera. Obviamente, esto les pareció una traición, pero lo que yo quería
explicar es que, considero, hay que pensar estrategias a corto y
también a largo plazo. Cambiar el significante es algo que depende de
modas y es fluctuante, es efectista pero no efectivo. Tenemos que
empezar a cambiar el significado para que las próximas generaciones se
sientan incluidas, o “incluides” si te gusta más. Esta anécdota se funda
en el hecho de que yo fui contenida por décadas de lucha y
pensamiento”, aclara y explica que su trabajo consiste en llevar a la
cotidianidad y a cada una de sus canciones su manera de pensar y de
sentir. Para ella, ser honesta y franca con su sexualidad, su
pensamiento político, sus ideas, sentimientos y creencias es tan
importante y educador como participar de debates, actos, foros, marchas y
congresos.
¿EL FEMINISMO FRACASO?
Todas las entrevistadas saben que son pocas las mujeres que se
asumen como feministas, sobre todo entre las jóvenes con las que
conviven: amigas, hermanas, conocidas, contactos de Facebook. Es muy
difícil encontrar veinteañeras, como casi todas ellas, que se asuman
parte de un movimiento, aunque sea desde su militancia individual. Para
Maffia, el problema del feminismo y de la imposibilidad de hacer
colectivas sus consignas es que no es popular. Y gran parte de esa
responsabilidad recae para ella en que no todas las feministas quieren
hacer del feminismo una práctica popular. “Está muy fragmentado por
consignas políticas, partidistas, de clase, etarias, territoriales, de
género, por la participación o no de compañeros varones, trans, inter, y
miles de otras cuestiones como para hacer de este movimiento algo
homogéneo. Todos los enfoques enriquecen al movimiento mientras busquen
abrir la cabeza en materia de género y sexualidad, y no se circunscriban
exclusivamente a la experiencia de la mujer”, dice.
LA MUJER TRANSFIGURADA
Florencia Minici, 26 años, militante de la agrupación Usina,
directora de Contenidos Culturales en la Dirección General de Cultura
del Senado de la Nación y miembra del consejo editorial de la revista
Mancilla, dice que ser feminista solamente no alcanza. Sobre cuándo
siente que empezó a ser feminista recuerda un Encuentro de Mujeres en
Mar del Plata, en el 2005. “Una patota de la Iglesia intentó boicotear
las comisiones sobre el aborto. Un monaguillo medio anfetamínico y
rugbier me empujó y yo lo escupí. Entendí el nudo de un problema que no
había logrado percibir anteriormente en mis lecturas. No creo en el
antiintelectualismo, pero sí que los debates académicos deben ser
articulados de alguna manera con el orden de la percepción y la
sensibilidad más extremas”, dice y vuelve al tema del aborto y su
posibilidad de transformarse en ley. Para ella, si bien goza de consenso
en una parte importante de la población, sigue siendo un tabú propio de
una sociedad que no ha completado las tareas de separación del Estado y
la Iglesia, por lo tanto hay un feminismo que se contenta con la
participación de las mujeres en la función pública pero que es incapaz
de plantear una postura de avanzada con respecto al tema del aborto. “Es
la mujer transfigurada la que ha logrado triunfar en un mundo de
hombres (con “hombres” me refiero a una manera de pensar al sujeto de la
razón occidental), no trascendiéndolo sino incorporándose de manera
funcional. No desde la diferencia radical, sino desde la diferencia
cosificante. Creo que si queda una tarea posible, para un feminismo
verdaderamente radical, es la de plantear la total separación del Estado
y la Iglesia, así como de aportar a la construcción de una seria
política educativa que incorpore lo mejor de sus debates, capaz de
incidir en la formación de los sujetos, de manera accesible y no sólo
como tópico progresista universitario”, dice.